UN PULSO ENVIDIABLE

Por HERMANN TERTSCH
ABC  Sábado, 25.03.17

Washington nos ofrece el magnífico pulso entre los poderes del Estado enfrentados

La sustitución del sistema de asistencia médica conocido como Obamacare es un punto clave en la agenda política del presidente Donald Trump. Y la pugna parlamentaria por el mismo ya ha sido para el presidente la primera gran ducha fría de realismo ante las dificultades que ha de encontrar para cumplirla. Hace siete años se aprobó la «Affordable Care Act» por la que Barack Obama imponía un sistema para incluir en el sistema sanitario a millones de americanos sin cobertura de seguro. Imponía obligaciones a individuos y empresarios que levantaron serias ampollas, se tachó de «socialista», pero ante todo disparó el gasto y los precios de tal forma que mientras cubría a unos antes descubiertos, dejaba a la intemperie a muchos que ya no podían permitirse las cuotas. Obamacare se convirtió así en símbolo del intervencionismo caro y fracasado de Obama que los Republicanos querían liquidar a toda costa. Pero cargarse retóricamente un símbolo del adversario es más fácil que sustituir un complejísimo sistema sanitario con las compañías aseguradoras, los contratistas, los asegurados de las diversas edades y diferentes coberturas obligatorias y voluntarias. Y los republicanos no tenían un sistema sustitutorio acordado en estos años. Así las cosas, resulta que el « American Health Care Act» presentado por el portavoz republicano Paul Ryan no contentaba a muchos, especialmente a los conservadores que no querían una reforma de Obamacare por radical que fuera, sino su liquidación.

Trump se ha quedado por primera vez en el centro, lo que sin duda ha generado un serio despiste. También a él. Pero asimismo impaciencia. Como el jueves no pudo conseguir una mayoría, el presidente puso a moderados y radicales republicanos ante el ultimátum y la amenaza de que, de no aprobar esta ley, no habría otra y todos habrían de explicar a sus votantes que, por su culpa y voto, siga vigente el odiado Obamacare. En todo caso, Washington nos ofrece una vez más el difícil y magnífico pulso de los poderes del estado nítidamente separados y enfrentados. Es decir, a un soberbio juego de democracia real que aquí todos debíamos envidiar.
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KAREL SCHWARZENBERG

Por HERMANN TERTSCH
ABC  Viernes, 24.03.17

La UE no puede ser una idea y una política impuesta por Alemania o tres grandes

LA mayoría de los políticos de la actualidad no saben nada de la historia y por ello creen que todo lo inventan o experimentan por primera vez ellos. Karel Schwarzenberg tiene la historia aprendida, no solo por lecturas, sino por los genes y unos apellidos con medio Gotha y ocho siglos de poder. No tiene que mirar tanto hacia atrás para mostrar ironía ante precipitaciones de políticos de hoy, como la propaganda de Obama/Clinton y la fobia al nuevo presidente, que hablan de conspiración entre Trump y Putin contra Europa. Dice que él tiene la edad y la memoria para recordar la pasión inicial por Nikita Jruschov de un John F. Kennedy adanista y mucho después la emoción de un George W. Bush que dijo haber «mirado al fondo de los ojos de Putin» y haber visto a un hombre de fiar. Recuerda Schwarzenberg que nadie acusó a Kennedy y a Bush de traicionar a EE.UU. Confía en que Trump verá que Putin es una amenaza. También para los intereses de EE.UU. Todos los acuerdos que puedan hacerse con Putin han de ser desde la firmeza y la certeza de que él sepa que nosotros sabemos cuáles son las tentaciones que le debemos evitar a Moscú. Según Schwarzenberg, lo bueno de la política rusa es que lleva cuatro siglos haciendo lo mismo. Como no conoce sus propias fronteras se las tienen que mostrar, una y otra vez, los demás. «Trump nos dará muchas sorpresas, pero no solo malas».
Desde el feudalismo medieval, el poder monárquico renacentista, la apoteosis imperial barroca y contrarreformista hispano-austriaca, la derrota napoleónica, el imperio austro-húngaro, la lucha democrática anticomunista y el retorno de la libertad a Mitteleuropa, los Schwarzenberg siempre han sido protagonistas. Y Karel o Karl, el duodécimo príncipe de Schwarzenberg y duque de Krumlov, que no usa títulos oficialmente porque están prohibidos desde 1918 en Checoslovaquia y ahora en Chequia como en Austria, lo ha sido de forma más rocambolesca que sus antepasados.
Nacido en Praga en 1937, tras el golpe comunista de 1948 su familia es deportada y despojada de todo su patrimonio en Checoslovaquia, uno de los mayores de Europa. En 1990 después de 40 años de exilio en Austria, de vida empresarial, luchador por la libertad y célebre como defensor del medio ambiente, volvió a Praga con Vaclav Havel de quien fue jefe de gabinete. Fue dos veces ministro de exteriores, es el diputado checo más votado y perdió con el 45% la carrera a la presidencia checa frente a Milos Zeman. Ahora preside la Comisión de Exteriores del parlamento.

Hace 25 años solo aceptó parte de castillos, casas y tierras confiscados en 1948 que le devolvía la ley de restitución. «No puedo mantenerlo todo». Hoy vive en el castillo de Orlik al sur de Praga, va poco a su palacio de Viena donde abrió un hotel de lujo cuando aun vivía en Austria y a su castillo de Murau en Estiria. Tiene nacionalidad checa y suiza, y se ha casado dos veces con la madre de sus tres hijos, la condesa Theresa von Hardegg. Los Schwarzenberg salieron en el medievo a conquistar poder desde un castillo en la Franconia bávara y estuvieron en todas las cortes europeas. Nadie como él para saber que la UE es muy necesaria, pero que los políticos la hacen peligrar con realidades virtuales sin respetar la realidad de una Europa compuesta por naciones antiguas. La UE no puede ser una idea y una política impuesta por Alemania o tres grandes. Lo advierte un hombre cuyo nombre y biografía son conciencia e historia viva de las ideas más fuertes, profundas y claras en una Europa libre.
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OTRA VEZ UN SULTÁN DE PESADILLA

Por HERMANN TERTSCH
ABC  Martes, 21.03.17

Erdogan está lanzado a convertirse en una amenaza

ES muy lógico que la canciller alemana Angela Merkel esté harta de que el presidente turco Recep Tayyip Erdogan llame nazi a Alemania un día sí y otro también y los ministros desde Ankara compitan en difamaciones al Gobierno alemán con evocaciones del nazismo. Cierto que también debiera recordar a las autoridades alemanas que ellos tampoco deberían llamar nazis a los que critican o condenan su política de inmigración que tantas tragedias, angustia y dificultades genera. Y que tanto ha debilitado su posición, precisamente frente a Turquía. En una escalada delirante Erdogan llegó el domingo a acusar personalmente a Merkel de «utilizar métodos nazis». La canciller respondió ayer que si no pone fin a estas ofensas tendrán una respuesta seria de Alemania. Esta podría ser un veto a toda actividad política turca en su territorio. Incluidos los mítines y la propia votación del referéndum que pretende hacer Erdogan para aprobar su constitución presidencialista, personalista y erdoganista. Para gobernar como un sultán del siglo XVII y aplastar a todo aquel que cuestione sus formas y contenidos. Esta actividad en tierra alemana es ya en sí muy cuestionable porque propugna fines opuestos a la Constitución alemana. El veto provocaría un conflicto de alto voltaje con serias derivadas en el orden público y la seguridad en territorio alemán. Las actividades políticas turcas en Alemania siempre levantaron suspicacias y temores por su componente de guerra sucia contra disidentes, opositores y demócratas en general. Desde la época de los generales y al margen de las muchas veces cálidas relaciones entre ambos gobiernos. Pero el deterioro de las relaciones ha adquirido una nueva calidad alarmante. Muchos creen la canciller infravaloró el peligro y no lo afrontó como debía en un principio. Nadie puede excluir una coordinación con Vladimir Putin. Erdogan puede extorsionar a Merkel con facilidad desde que se firmó el acuerdo por el que Turquía cortaba el flujo de refugiados hacia los Balcanes y Alemania. La reapertura del chorro migratorio sería un grave problema para Europa pero para Merkel sería con gran probabilidad el final político.
La canciller y su equipo han estado en pasados meses quizás más dedicados a cuestionar al nuevo presidente norteamericano que a frenar a un presidente turco desatado. Ahora ya amenaza con usar la inmigración turca para desestabilizar los regímenes democráticos que los acogen. Aunque Erdogan se refería a Holanda al decir que él dispone –con 400.000– de una fuerza diez veces superior al ejército holandés, esta amenaza de blandir a los inmigrantes como su arma y quinta columna es una señal de alarma que pocos esperaban tan clara y retadora. En Alemania son cerca de cuatro millones los turcos.

Erdogan pretende utilizar a su emigración como fuerzas a sus órdenes en países a cuyos gobiernos pretenda presionar por un motivo u otro. Las últimas manifestaciones violentas bajo banderas turcas en Alemania y Holanda han sido directamente orquestadas por Ankara. Son el comienzo de un pulso a los gobiernos europeos que niegan aun a Erdogan una especie de soberanía compartida de acuerdo con la fuerza de su comunidad turca. Que muchos emigrantes turcos no estén de acuerdo con su presidente no impide que este se arrogue el caudillaje de todos ellos. Enarbolando el estandarte de la lucha contra la «islamofobia europea», Erdogan pretende además erigirse en adalid del sunismo en Europa occidental, cada vez más fuerte, más numeroso y más agresivo. Y movilizar el apoyo en Turquía contra el enemigo en Occidente y la liquidación de toda discrepancia en el interior. Nadie espere ni un escrúpulo. Erdogan está lanzado a convertirse en una pesadilla. Ya lo es para muchos turcos. Pronto puede volver a serlo para toda Europa como un nuevo sultán otomano resurgido del siglo XVII.
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RUTTE TENDRÁ MUY ESCASO MARGEN PARA GOBERNAR HOLANDA

Por HERMANN TERTSCH
Enviado Especial a La Haya
ABC  Sábado, 18.03.17

Un gobierno frágil Rutte no ha salvado a Holanda ni a Europa de nada. No se habría logrado otro resultado que el que habrá: un gobierno frágil

Con independencia del resultado, el eurófobo Wilders sería condenado al aislamiento

Pasados felicitaciones y parabienes al primer ministro holandés, Mark Rutte, se imponen ya en La Haya los primeros ejercicios de realismo ante una situación de enorme complejidad tras el resultado electoral habido el miércoles. Tras el fin de semana de descompresión comenzarán los primeros contactos en serio. Hay siete partidos con entre 32 y 10 escaños. Y hay que sumar 76. Las negociaciones se anuncian largas, complicadas y de resultado incierto. Las capitales europeas, Bruselas y el periodismo han celebrado a Rutte como el héroe que ha salvado a Holanda y Europa de «la peste del populismo».
Para ello han utilizado grandes dosis de demagogia –llámenlo «populismo»– para presentar esa supuesta salvación triunfal. Todos han transmitido la impresión tras los comicios de que antes de los mismos se daba por hecho un triunfo arrollador de Geert Wilders, un bloqueo constitucional y poco menos que la llegada al gobierno de la extrema derecha. Cuando lo cierto es que todos sabían que Wilders, en el mejor de los casos para él y el peor para los demás, podía sacar poco más de treinta escaños. Que solo le habrían servido para denunciar las contradicciones ajenas y lamentarse del trato discriminatorio con que le habrían impedido intentar formar gobierno.
El resultado de todo ello en todo caso habría sido la formación de un gobierno de cuatro o cinco partidos dirigido por el segundo más votado que habría sido Rutte y que habría dejado a Wilders aislado en la oposición. Es decir, exactamente lo mismo que va a pasar ahora. Luego Rutte no ha salvado ni a Holanda ni a Europa de nada. Porque en ningún caso se habría producido otro resultado que el que habrá: un gobierno frágil compuesto por cuatro o cinco partidos muy distintos cuyo único denominador común es la voluntad de evitar que alcance poder un Wilders que gana voto mientras Rutte lo pierde.

Futuro incierto
Lo cierto es que no ha habido la lucha del arcángel contra el demonio, ni un grandioso triunfo del antifascismo multicultural y tolerante frente al fascismo del «amigo de Trump» como venían a contarnos en sus habituales caricaturas algunos medios de comunicación europeos. Lo que ha sucedido es algo tan prosaico como que una derecha dura y liberal ha ganado a la derecha nacionalista al haber sabido birlarle Rutte a Wilders su discurso en la última semana.

Wilders es hombre controvertido que genera rechazo y tiene un discurso limitado. Si Rutte se empeña, lo demostró en el conflicto con Turquía y con los manifestantes turcos en las calles de Rotterdam, sabe usar la retórica y las formas de Wilders tan convincentemente como este o más. Pero ahora debe formar gobierno. Y eso va a ser toda una larga lucha cuyo final feliz está lejos de estar asegurado.

Mark Rutte
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FERNANDO ALTUNA

Por HERMANN TERTSCH
ABC  Viernes, 17.03.17

Se ha hecho todo por lograr que la sociedad olvide a las víctimas

ESPAÑA puede doler por muchas razones. Por sus inmensas posibilidades para ser tanto mejor de lo que es, una y otra vez desperdiciadas. Por su pasada grandeza ignorada, su capacidad y talento despreciados, por lo que podría ser fácil y amable y es imposible, áspero y agrio. Por todo lo bueno que hay en las gentes a las que se destruye buena disposición y tantas veces la buena fe, se mata la creatividad y agota la ilusión y el entusiasmo. Pero lo peor es el desamor. Esa frialdad e indiferencia que ha ayudado ahora al terrorismo a cobrarse una víctima más. Tiene razón Santiago González cuando dice que Fernando Altuna es la víctima 859 de ETA. Hay una forma muy nuestra de indiferencia ante el dolor ajeno. Radical, seca, abismal, cruel. Muy propia de la sociedad española, que es mucho más homogénea que otras. Todo esto, pero especialmente la crueldad de esa indiferencia, que tanto hizo sufrir a este hombre bueno y sensible, me vino a la cabeza cuando recibí la nefasta noticia por la llamada de un amigo común, Salvador Ulayar, hijo también de un asesinado por ETA. Otro huérfano por la voluntad caprichosa de unos españoles que un día decidieron que les convenía que muriera alguien. Así murieron muchos cientos de padres, hermanos e hijos.
El padre de Salvador Ulayar fue asesinado en Echarri-Aranaz en Navarra; el padre de Fernando Altuna, en Erenchun en Álava. A ambos los mataron entre muchos, entre los que decidieron, los que vigilaron, los que difamaron, los que avisaron y los que dispararon. Entre ellos, conocidos, también vecinos, desde luego paisanos. La mayoría nunca ha pagado nada por lo que hicieron. Los que por una causa u otra han cumplido cárcel han sido homenajeados y celebrados por sus vecinos y gozan de libertad. Tanto Salvador como Fernando han vivido muy íntimamente las ignominias que han sufrido en España todas las víctimas del terrorismo casi desde el momento en que se convierten en tales.

Basilio Altuna Fernández de Arroyabe fue asesinado el 6 de septiembre de 1980 cuando su hijo Fernando tenía diez años. El Gobierno vasco lo llamó, lo recordaba Fernando en una inmensa carta a su padre muerto, «retratos de las vulneraciones del derecho a la vida en el caso vasco», eso era su asesinato. En aquellos años se cerraban los sumarios a las pocas semanas. Ahora que organizaciones de víctimas y una iniciativa de la Fundación Villacisneros pretenden la reapertura de casos –algún éxito ya han tenido– resulta terrorífico ver el desinterés por localizar a los autores. Todas las víctimas han sufrido lo indecible con esa tortura añadida a la pérdida y la vida rota que es saber que su desgracia fue un capricho criminal casi siempre impune. Tortura añadida ha sido la indiferencia actual que un hombre profundamente moral como Altuna no ha podido jamás entender ni soportar. El menosprecio a las víctimas no ha sido ya el perverso reflejo ideológico en una izquierda que siempre ha tenido a ETA por sus camaradas más o menos errados. El desprecio y la indiferencia hacia las víctimas se convirtió en razón de Estado cuando Mariano Rajoy aceptó la oculta colaboración con la llamada pacificación acordada con ETA por Rodríguez Zapatero. Desde entonces se ha hecho todo por lograr que la sociedad española olvide e ignore a las víctimas. Que son la espina dorsal de la historia presente de la Nación. Molestan porque recuerdan a los gobernantes su desprecio a lo esencial. A lo necesario para generar una sociedad sana, firme y abierta para una Nación española fuerte y digna. Que no una masa manipulable, disgregable, cobarde e ignorante. A nadie debe extrañar por ello si alguien sensible como Fernando Altuna se harta de sufrir y se muere de tristeza y de asco.
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LA VICTORIA LIBERAL SACA A HOLANDA DE LA SOMBRA POPULISTA

Por HERMANN TERTSCH
Enviado Especial a La Haya
ABC  Viernes, 17.03.17

La coalición de gobierno ha caído y el liberal Rutte tendrá que buscar una alianza con democristianos, centristas y otras fuerzas muy heterogéneas

Concluido el recuento se confirmó ayer, con correcciones menores, el resultado de los sondeos a pie de urna. El primer ministro, el liberal Mark Rutte, logró que su partido, el VVD, quedara como el más votado con 33 escaños y dejó atrás con 20 a su principal rival, el derechista Geert Wilders, que había liderado las encuestas hasta días antes de las elecciones.
Este resultado, que otorga a Rutte automáticamente el encargo de iniciar negociaciones de gobierno, ha sido recibido con alivio por el resto de partidos al margen de su propia suerte. Y con entusiasmo nada disimulado en las capitales europeas y en la UE donde había pánico a que Wilders pudiera ratificar los sondeos de hace unas semanas y convirtiera a su partido en el más votado.
Dentro y fuera del país se había hecho campaña contra Wilders para que Holanda no fuera «otra pieza en el dominó del populismo después del Brexit y de la elección de Donald Trump», tal como decía Rutte y la inmensa mayoría de la prensa nacional y extranjera. La Comisión Europea estaba tan preocupada por Rutte que en la misma jornada electoral en el Parlamento Europeo desfilaron todos los mandos para defender el papel del gobierno de Holanda en la crisis con Turquía, lo que no era otra cosa que un gran capote electoral al primer ministro.
Este ha sabido aprovechar la escalada del conflicto verbal y diplomático con el presidente turco Recep Tayyip Erdogan para arrebatarle a Geert Wilders el papel de adalid de la defensa de la soberanía de Holanda. Con firmeza frente a las pretensiones de Turquía como país islámico y con dureza policial frente a las manifestaciones de inmigrantes turcos.
El primer ministro ha sabido así sacar máximo beneficio a cinco días de brutal intercambio de golpes verbales entre Ankara y La Haya. Erdogan llegó a niveles inauditos. Tachó a Holanda de guarida de nazis y amenazó con usar contra el pequeño ejército holandés a sus 400.000 turcos inmigrantes que vino a considerar abiertamente su quinta columna en el país anfitrión. Rutte había expulsado a dos ministros turcos que, pese al veto expreso del gobierno holandés, habían intentado celebrar mítines en favor de la nueva constitución autoritaria de Erdogan. Este conflicto retransmitido permanentemente por todas las televisiones dio un impulso a la presencia del primer ministro como gestor de la crisis que ha sido a la postre decisivo.

Decepción
Wilders reconoció que este resultado está lejos «de los treinta diputados que esperaba» pero advirtió a Rutte de que erraba si creía que podía olvidarse de él. Lo cierto es que frente al entusiasmo que fuera del país se ha apoderado de líderes políticos y medios que han titulado con rotundas afirmaciones como «Holanda pone freno al populismo» o «El populismo se acaba en Holanda», las cosas son algo más complicadas. Que tuviera éxito en arrebatarle a Wilders el protagonismo en el pulso con la prepotencia de Erdogan y de cierta inmigración nacionalista turca no puede ocultar la realidad terca que es el colapso de la coalición gobernante presidida por Rutte.

Largas negociaciones
El partido del primer ministro ha perdido ocho escaños de los 41 que tenía y su socio socialdemócrata el PvdA se ha hundido y pasa de 38 escaños a 9. Es decir, la coalición gobernante ha perdido prácticamente la mitad de sus escaños y ha muerto. Aunque en ese estado puede tener que seguir mucho tiempo porque la negociación para una mayoría de gobierno podría ser muy complicada, de difícil encaje y tener como resultado un gobierno muy frágil e inestable. Tendrá que sumar al menos cuatro o cinco partidos, lo que lo hará poco operativo y siempre tendrá enfrente a Wilders y su PVV que será previsiblemente el beneficiario de los problemas que se anuncian cuantiosos.
Han entrado nada menos que trece partidos en el parlamento de 150 escaños y para la mayoría de los 76 harían falta o los cuatro más votados o cinco o incluso seis si uno de ellos, como es el caso del segundo, el PVV de Wilders, no es invitado a participar. O si otro se niega. Esto ya es una referencia para entender el grado de dificultad que va a tener Rutte para conseguir hacer un gobierno que funcione y no estalle en la primera dificultad. Un hecho importante que muchos olvidan con su entusiasmo con que el «populismo» no fuera la fuerza más votada es el colapso de la izquierda. La socialdemocracia tradicional del PvdA sucumbe perdiendo tres cuartas parte de sus votos y escaños. El socialista PS también retrocede. Suben, eso sí, de forma espectacular los verdes de Groenlinks dirigidos por el joven Jesse Klaver que tenían 4 y llegan a 14. Los animalistas tienen escaño y la minoría turca, atención, logra entrar en el parlamento con tres diputados.
Geert Wilders (i) y Mark Rutte,hoy en el Parlamento holandés – REUTERS

La sorpresa narrada en tono épico

Perfil

Ni él, Mark Rutte, soltero, que a sus 50 años vive con su madre, se creía los adjetivos épicos que le ponían a su triunfo en los medios extranjeros. Parecía haber nacido un gran héroe tras una victoria arrolladora, cuando en realidad el primer ministro y su Partido de la Libertad en Democracia (VVD) solo habían perdido menos de lo previsto. Y ha tenido la fortuna de que su rival directo, Geert Wilders, del PVV, había crecido menos de lo esperado.
Como el miedo a Geert Wilders era tal en toda Europa, el resultado se ha recibido como gran gesta. En realidad se ha hundido la coalición. Rutte perdió 8 escaños y su socio socialdemócrata del PvdA nada menos que 29. Si sumaban al principio de la pasada legislatura 79, cuatro por encima de la mayoría absoluta, se habían quedado juntos en 42. Y la distancia entre el propio Mark Rutte y Geert Wilders, que era de 26 escaños, pasa ahora a ser de 13.
En todo caso, el primer ministro tendrá una empresa titánica para formar gobierno. Necesitará cuatro o cinco partidos. Él insiste en que no tendrá contacto con Wilders. No deja de ser curioso que fuera Wilders el que dio la jefatura de gobierno a Rutte, en 2010, con apoyo desde fuera a su coalición. Y fue él quien hizo caer el gobierno en 2012.
Entonces Rutte ganó en plena crisis y formó la coalición que se ha hundido ahora. Ha sabido arrebatarle a su rival el lenguaje combativo frente al islam y de dureza hacia la UE. Ahora le queda lo difícil.

Radiografía de los partidos más votados

Partido Liberal, VVD
Mark Rutte
La formación del primer ministro Rutte bajó en número de escaños respecto a las elecciones de hace cinco años, pero ha sido ganador por partida doble: es el que más escaños tendrá en el nuevo gobierno, y sobre todo no ha sido superado por la extrema derecha.

Extrema derecha, PVV
Geert Wilders
El partido antiinmigración y xenófobo de Geert Wilders ha subido notablemente desde los últimos comicios, y demuestra que el «peligro populista» sigue vivo en Holanda. Pero es el gran derrotado moral, porque tuvo en su día la posibilidad de haber sido el más votado.

Democristianos, CDA
Van Haersma
Los buenos resultados democristianos han sido también una de las sorpresas electorales, y parecen garantizar que habrá una coalición más conservadora que la anterior. La CDA aprovechó bien la ola de nacionalismo que recorre Holanda, desde posturas moderadas.

Centroizquierda, D66
Alexander Pechtold
Los escaños conseguidos por el centroizquierda le señalan como uno de los candidatos para la futura coalición de gobierno que cortejará Rutte. El político socioliberal Alexander Pechtold ha reformado con éxito el partido tras el desastre electoral de 2002.

Verdes, GroenLinks
Jesse Klaver
El partido ecologista ha multiplicado por cuatro su representación parlamentaria, y confirma su progresión desde posiciones muy minoritarias. La opción por los Verdes fue vista en estas elecciones como un voto de protesta frente a los partidos tradicionales.

Socialistas, SP
Emile Roemer
Los socialistas de Emile Roemer, que no estuvieron presentes en la anterior coalición de centroizquierda, aguantan el tirón, pero no lograron erigirse en la voz del cambio que –según ellos– exigía la ciudadanía, Todo indica que seguirán alejados de la coalición.

Socialdemócratas, PvdA
L. Asscher

Son los grandes derrotados de estos comicios holandeses. Han sufrido un gran varapalo al pasar de 38 escaños en el Parlamento a solo 10. Además del «desgaste de poder» con los liberales, experimentan la crisis de identidad del socialismo europeo.
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CLARA VICTORIA DEL LIBERAL RUTTE SOBRE LA ULTRADERECHA DE WILDERS

Por HERMANN TERTSCH
Enviado Especial a La Haya
ABC  Jueves, 16.03.17

Elecciones en Holanda

Alianza  El «todos contra Wilders» logró rebajar el resultado que daban las encuestas al extrañopersonaje

La firmeza del primer ministro frente a las amenazas de Erdogan le brindó el triunfo

El primer ministro holandés, Mark Rutte, ha ganado con su partido liberal VVD las elecciones generales con una distancia considerable sobre el antieuropeísta Geert Wilders. Según los primeros avances del escrutinio, recontados el 55% de los votos al cierre de esta edición, Rutte lograría 32 escaños, nueve menos de los que tenía, pero más de los que nadie le auguraba. Wilders se tiene que conformar con 19, en tercera posición, mientras que los cristianodemócratas de la CDA, liderados por Van Haersma, figuran en segundo lugar con 19 asientos. Y se confirma el trágico hundimiento hacia la extinción del Partido Socialdemócrata (PvdA), miembro del Gobierno, que cae de 38 a 9 escaños. Uno de los pilares de la democracia holandesa queda así en la marginalidad.

                                                                               REUTERS
Una holandesa musulmana vota ayer en una mezquita de Amsterdam

A primera hora de la pasada madrugada, el ultraderechista Wilders concedía la victoria a Mark Rutte, quien comenzaba a recibir los primeros mensajes de felicitación desde el exterior.
El primer ministro logró capitalizar todo el tormentoso enfrentamiento diplomático que se desencadenó la pasada semana con Turquía. Su dureza verbal al tratar con las provocaciones del presidente turco Recep Tayyip Erdogan ha llevado a simpatizantes de Wilders a votar por el gobernante que asumió la defensa de la soberanía holandesa estos pasados días.
El primer ministro recibió hasta el último momento los apoyos desde Bruselas de Donald Tusk y Jean-Claude Juncker. Las capitales europeas dormirán más tranquilas sabiendo que Rutte es el más que probable presidente también del próximo gobierno, por mucho que este tarde en formarse ante el tremendo pero tradicional fraccionamiento del voto y la presencia parlamentaria. El «todos contra Wilders» ha logrado rebajar mucho el resultado que aún hace unas semanas le otorgaban las encuestas al extraño y controvertido personaje que lidera la derecha antieuropeísta que ha hecho de la lucha contra la presencia musulmana el eje de su acción política.
Rutte asumió todo el protagonismo del espectacular conflicto de los pasados días con el presidente islamista de Turquía. Lo que a la postre ha sido una gran operación política. Tanto, que ayer ya había voces de la izquierda que le acusaban de haber colaborado al menos en el enconamiento de la crisis diplomática con fines electorales. Pero también señalaban los observadores que Trump, y las simpatías que por él había expresado Wilders, pueden haber también sido un factor que haya frenado al potencial votante de Wilders. La ridiculización de Trump, que es masiva en los medios europeos, también ha podido restar votos al que todos consideraban como una especie de reflejo europeo suyo.
Durante toda la jornada electoral, en un día primaveral de sol radiante, se registró un flujo a las urnas considerablemente mayor al de elecciones anteriores. Al mediodía había votado un 43%, seis puntos por encima de las elecciones de 2012. Al final parece que se superó el 81%. Pero nadie se atrevía antes del cierre de los colegios a interpretarlo como una reacción contra Geert Wilders o como un éxito de su propia insistente llamada a las urnas. Que era lo más temido por todo el resto del espectro político holandés, por las capitales europeas y por supuesto por Bruselas.
Los últimos sondeos habían mostrado esa caída considerable de Wilders y un leve fortalecimiento de Rutte. Wilders protagonizaba ayer también la jornada electoral como ha marcado la campaña, y sobre todo el mensaje. Rutte hablaba de soberanía como solo Wilders lo hacía antes y apelaba a los inmigrantes a «integrarse y aceptar las normas de Holanda» y si no, «a coger sus maletas e irse».
Pero al mismo tiempo como ayer, no ha dejado de apelar al voto para «frenar ese efecto dominó del populismo. Que sea Holanda quien lo pare». Y ha acusado a Wilders de no poder resolver ningún problema y solo agravar los ya existentes. Según Rutte «quien quiere cerrar nuestras mezquitas y quitar el Corán a los musulmanes» no puede traer soluciones a la sociedad holandesa.

Orgullo nacional
Wilders por su parte, en una intervención muy serena pero que no parecía muy entusiasta manifestó que esperaba que su partido «salga muy bien parado». Muy frecuente era ayer la apelación ante los colegios electorales al orgullo nacional holandés para protagonizar ese voto frente al populismo que todos los partidos tradicionales ponen en la misma categoría que el Brexit y la victoria de Donald Trump.
Todos los dirigentes políticos de más de una veintena de partidos que habrán de repartirse los 150 escaños del parlamento se reafirmaron en su negativa a negociar con Wilders. Con lo que, al margen del resultado, Wilders no tiene ninguna posibilidad de entrar en un gobierno.
Cierto es que la formación del mismo va a ser tremendamente tortuosa y probablemente muy larga lo dan todos por hecho. Decía el ministro de Finanzas, Jeroen Djisselbloem, que no se pactará con Wilders aunque eso lleve a las negociaciones del gobierno a durar toda la legislatura. Pero cierto es que en las actuales circunstancias de fluidez política en toda Europa lo que hoy es impensable mañana puede serlo menos. Y eso es lo que dice Wilders cuando se le pregunta por su aislamiento político. Hoy, sin embargo, con estos resultados, Wilders está condenado a la marginalidad.

Soberanía frente al atropello turco

El primer ministro, Mark Rutte, se encontró con un regalo en forma de agresión turca cuando ministros de Erdogan pretendieron dar mítines en favor de una nueva constitución autoritaria y de la pena de muerte. Y la aprovechó con virtuosismo político. Con el mero ejercicio de su cargo, al hacer frente con inusual dureza verbal a las diatribas y provocaciones del presidente turco, arrebató a Geert Wilders el papel de adalid de la soberanía holandesa frente al atropello musulmán. Y Wilders no tiene otro perfil político que ese. Él queda anulado como peligro. Porque le arrebataron el mensaje.
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