SEXAGENARIA PESADILLA

Por HERMANN TERTSCH
ABC  Viernes, 04.01.19

Acabar con la dictadura cubana es una necesidad política y moral

SON ya sesenta años, lo que era hasta hace poco una larga vida. Fue en estos días de enero allá en 1959 cuando quedó echada la suerte de aquella isla hasta entonces tan afortunada. Cuánto se alegraron todas las almas más puras en todo el mundo de que caía aquel régimen tan antipático de Fulgencio Batista, tan corrupto y vulgar. Entonces comenzó el idilio con los líderes revolucionarios, con aquel hombretón atractivo, tan simpático, incluso gracioso y carismático, Fidel Castro. Aquel que seducía a todo el que se acercaba. Seis décadas después la biología se ha llevado al dictador comunista más longevo de la historia. No se sabe si fue el más cínico, el más cruel y el más mentiroso de todos los tiranos rojos. Desde luego fue el que más tiempo pudo ejercer su cinismo, su crueldad y su farsa criminal.
En sesenta años da tiempo a destruir mucho. Las ciudades más bonitas y sofisticadas del Caribe son hoy ruinas. Salvo las mansiones e instalaciones que ocupa la mafia comunista, la degradación es propia de una guerra que no hubo. Les dijeron entonces a los cubanos, hace tanto, que pronto habría riqueza para todos, que solo había que repartir lo de los ricos y explotadores. Hoy no queda nada. Ni azúcar. Son tres generaciones ya las que se viven en el fracaso, en la miseria, en el miedo a la verdad y el uso normalizado de la mentira como instrumento para sobrevivir. Tras sesenta años de adoctrinar farsa oficial, miseria moral y permanente drenaje de la emigración de los mejores, aquella sociedad ágil, lista y rebosante de talento es la misma ruina que sus palacios y grandes almacenes de las épocas de esplendor. La frivolidad con que los cineastas y gacetilleros españoles u otros presentan la «vida alegre» de Cuba solo genera náuseas. Todo lo restaurado es mentira. Solo son auténticas las ruinas. Porque la podredumbre y la carcoma habitan las profundidades no solo de los cimientos, también de las conductas y los pensares.
La tiranía comunista en Cuba, su sangrienta y siniestra trayectoria de sufrimiento, privaciones, dolor y terror son un drama que encoge el alma. Y la causa exterior que lo ha hecho posible es un capítulo inverosímil de hipocresía y bajeza de las sociedades democráticas occidentales. Que la dictadura comunista cubana exista es un insulto a la humanidad perpetrado por los gobiernos democráticos, cómplices del crimen que se comenzó a perpetrar entonces contra un pueblo y que se ha sostenido con crueldad y saña infinita hasta nuestros días.
Gobernantes democráticos se han arrastrado uno tras otros durante más de medio siglo hasta La Habana a presentar su respeto a un régimen criminal y cruel como pocos. El periodismo ha escrito hagiografías del asesino supremo y las alabanzas de su régimen en ríos de mentira que han intoxicado a generaciones, provocado ríos de sangre y golpes de estado. La Habana es la capital del crimen. Allí no solo se producían guiones para que televisiones en España adoctrinaran en el mensaje comunista. Allí se blanquea y trafica con la cocaína para medio mundo. Desde allí se dirigen operaciones terroristas, militares y financieras, ideológicas y criminales. Allí encuentran refugio los peores asesinos. Toda la región lleva 60 años infectada por el veneno que surge de la bella isla. Ahora por primera vez en más de medio siglo hay poderes sólidos y vecinos que coinciden en la necesidad de acabar con el pozo negro de desestabilización y crimen que es la Cuba comunista. Las claves son Donald Trump y Jair Bolsonaro. En ellos hay depositadas esperanzas para un fin de esa sexagenaria pesadilla.

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