LAS TRAGEDIAS EVITABLES

Por HERMANN TERTSCH
ABC  Domingo, 18.11.18

Cuando los estados no defienden su legitimidad instigan a la tragedia

MUCHO se ha escrito sobre el centenario de la Primera Guerra Mundial, sobre sus terroríficos efectos en destrucción de vidas y paisajes humanos así como en sus devastadores efectos culturales y políticos. Muchos han subrayado el drama que supusieron los acuerdos de paz, en Versalles y Trianon, que sembraron, con la humillación de los vencidos, la semilla para la guerra siguiente. Que fue el apogeo del poder y choque de los dos grandes regímenes criminales de la historia, el nacionalsocialista alemán y el comunista soviético.
Estas dos ideologías eran religiones sustitutorias del Dios muerto en aquel trauma universal. Ambas anunciaban un futuro determinado e inevitable con el triunfo total y universal de su ideología. Se impone ahora en todo lo escrito la convicción de que la Primera Guerra Mundial hizo inevitable la segunda. En curiosa adhesión a la tesis determinista. Lo cierto es que las democracias europeas surgidas de los imperios centrales tras 1918, especialmente la República de Weimar, tuvieron durante años ocasión, legitimidad y medios para combatir a sus enemigos.
No lo hicieron y se pagó. Puede que hubiera habido un régimen fascista alemán pero nunca habría sufrido Alemania el hitlerismo de haberse fusilado a Adolf Hitler tras su golpe de Estado de 1923 como habría sido lógico, legítimo y legal. Se le condenó a una ridícula pena de cuatro años que jamás cumplió. Durante su estancia en la cárcel bávara de Landsberg se dedicó a escribir su libro «Mi lucha» y a recibir a cómplices como si residiera en un hotel con despacho. Es decir, como un vulgar golpista catalán en la España de hoy.
España sería hoy muy probablemente una república y Francisco Franco habría sido un leal servidor a esa república hasta el fin de su vida como militar, si la república hubiera hecho frente a sus enemigos e impedido que desde sus instituciones y fuerzas policiales se sembrara el terror, destruyera la seguridad y la convivencia de los españoles. Él y tantos otros habrían muerto como jubilados militares republicanos si las fuerzas defensoras de las instituciones hubieran logrado imponer tras la represión de los golpes de Estado de 1934 un restablecimiento real de la legalidad y castigo eficaz de los culpables. Con el fusilamiento de los cabecillas revolucionarios. Se impusieron penas de prisión a golpistas que sabían que no las cumplirían, que serían puestos en la calle por quienes decían defender la república pero querían un estado soviético. Hoy no se puede ni debe fusilar a nadie. Pero los enemigos de España, del Estado, de la unidad nacional y de la democracia deben saber que quien se presta a un golpe de Estado no paga con la vida pero sí con treinta años de ella privado de libertad. Nada está escrito. El futuro está abierto. Por eso es aun evitable que nos deslicemos a una nueva colosal tragedia española. Siempre que funcione la disuasión, la herramienta más eficaz en la prevención de las catástrofes causadas por mano o mente humana.

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