EL DELIRIO SIN ÉXTASIS

Por HERMANN TERTSCH
ABC  Viernes, 13.04.18

Albiac forja una gran composición periodístico filosófica en« Mayo del 68»

HA pasado medio siglo de unas fechas míticas en un año mágico. Fue 1968. Sucedieron muchas cosas aquel año que desde entonces el mundo occidental ha considerado trascendentes. Y por tanto lo fueron. Con la llegada de Alexandr Dubcek a la jefatura del Partido Comunista de Checoslovaquia comenzó el último intento de reformar el sistema comunista hacia el humanismo, la democracia y despojarlo de crueldad y pulsión asesina. Aquello se llamó «Primavera de Praga» y fracasó con estrépito y horror en agosto bajo los tanques soviéticos. También hubo grandes convulsiones en los países que tuvieron la fortuna de ser liberados por ejércitos anglosajones y no pasaron a una tiranía comunista desde la nazi. El epicentro fue París. Su apoteosis en mayo. «París, mayo del 68» es un hito del siglo XX. Aunque revolución fracasada, tiene reputación amable entre unas generaciones posteriores que cada vez saben menos de ella. Los jóvenes que oyen hablar de «Mayo del 68» piensan en antiautoritarismo, hippies, pelo largo y hachís. Mucho en Woodstock, poco en Mao.
En 1968, en España la gente estaba a otra cosa. Tres lustros después, cuando los españoles decidieron que todos ellos habían sido antifranquistas –gobernaba ya el PSOE y Franco llevaba siete años muerto–, en los partidos de izquierdas hacían carrera exiliados de verdad y de mentira. Y había una subespecie pelmaza que se pretendía veterana de batallas parisinas. Debe temerse que publiquen.
Por eso yo ya me he leído el único libro sobre 1968 que probablemente lea en el año. Es muy improbable que se publique nada mejor. Y es imposible nada más auténtico. Es «Mayo del 68, fin de fiesta», de Gabriel Albiac. Escrito sobre la base de su «Mayo del 68, una educación sentimental» de hace 25 años, le ha salido un compendio periodístico-filosófico en un extraño, denso, bello y robusto maridaje. Nadie podía guiarnos con tanta seguridad y conocimiento por escenarios en las calles y en las cabecitas efervescentes de los protagonistas, de los grupos y de los individuos. Desde los líos de Nanterre hasta la gran decepción, que Albiac guarda en la memoria como tal, de un Estado que recupera el control después de que un inmenso error de cálculo estuviera a punto de costarles mucho más que ese colosal susto. Porque pudo haber pasado lo que pocos querían, que las instituciones de la democracia francesa fueran arrolladas por una fuerza de muchos y de nadie para nada. «El asalto a los cielos exige mártires. Con los veinte millones de asesinados por el estalinismo, con el descerebrado despotismo del otro lado del muro, había que ser muy tonto o muy canalla para seguir jugando». La revolución exige más hambre y más odio. ¿Y triunfar para qué? Puede que tenga razón Albiac y el 68 fuera el fin de todo. El último intento de felicidad total colectiva, la última tentación de la apoteosis de romper hacia el cielo todo obstáculo. La revolución como promesa de un «espacio sagrado» para el goce exento de traba. Una pueril fantasía. La gran intoxicación colectiva de una pócima de Lenin y Freud cocinada por sus druidas Sartre, Marcuse y demás. Llevó al delirio extremo y sin embargo no acabó ni en extasis ni en tragedia. Como sí harían las drogas que a partir de entonces individualizaron la búsqueda del paraíso para generaciones. ¿Se acabó todo? Yo no lo creo. Como en las películas en que el monstruo se transforma en baba o humo, pienso que el delirio mutó en destilada ideología neomarxista que nos vende como sistema democrático lo que es socialdemocracia enemiga de la libertad que avanza hacia la liquidación del individuo sin una mala palabra pero con la fiereza de la revolución cultural china.

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