LAS NIÑAS DE ROTHERHAM

Por HERMANN TERTSCH
ABC  Martes, 07.02.17

Estas víctimas de la corrección política claman contra la cobardía europea

¡Ay, el periodismo! ¡Qué distraído está con Donald Trump! Todos los medios repiten como loros o diligentes expertos del copy/paste las noticias, medias verdades y mentiras totales fabricadas en todo el mundo para atacar al presidente Donald Trump. Como si él mismo no ofreciera mil flancos a la crítica honrada y veraz, los medios se dedican al acoso de rehala unánime. Cierto es que en EE.UU. algunos todavía tienen la deferencia de reconocer que han publicado una noticia falsa, aunque sea con la boca pequeña y cuatro días más tarde. En España nadie se corrige, retracta, excusa o enmienda. No dejen que unas mentiras estropeen la bonita cruzada del buenismo de la derecha y el odio de la izquierda contra el mal encarnado por Trump.
Tan intensa es la actual obsesión con Trump que al periodismo se les escapan otras cosas. No he visto a nadie en los medios españoles que, entre noticias, bulos e insultos a Trump, tuviera un momento de radio o televisión, un espacio en el papel que dedicar al último juicio de Rotherham, cuya sentencia se dictó la pasada semana. No era un juicio cualquiera. Seis miembros del clan Hussain han sido condenados a un total de 80 años, entre veinte y diez cada uno. En los dos juicios anteriores hubo condenas de hasta 35 años de prisión. Todos por lo mismo. Por violación sistemática, torturas, vejaciones, abusos, maltratos atroces continuados en el tiempo con que una banda de desalmados sometió a cientos de niños de la ciudad de Rotherham en el sur de Yorkshire, en el Reino Unido. La fiscalía estimó que a lo largo de 16 años pudieron ser hasta 1.400 menores, principalmente niñas, los que sirvieron al clan paquistaní como permanente «suministro de carne kafir», es decir de «carne infiel», de niñas blancas no musulmanas, para las más abominables y desatadas prácticas y perversiones sexuales. Eran niñas de familias desestructuradas, pobres, marginales, pero no desconocidas. En los tres juicios solo se trataron 135 casos. ¡Qué casos! Una mujer violada y drogada desde los 11 años por muchos de los acusados, que tuvo un hijo de ellos, decía: «existe el mal absoluto en el mundo y seres de maldad absoluta y mi hijo es fruto del más puro mal». Se sintió siempre, desde los once, sucia, sola y marginada y sabía que la gente del pueblo sabía. Ella solo sentía abandono y castigo. Porque el espanto tiene otra faceta además del dolor infinito a tantas niñas víctimas: todo sucedía con conocimiento de gran parte de las autoridades y de la población. Que miraban todos a otro lado. Porque el clan de violadores era de origen paquistaní y por tanto musulmán. Policía municipal y servicios sociales, fiscalía y profesores de los colegios, personal municipal y vecinos, todos sabían del infierno de las niñas de Rotherham y todos tenían miedo a contarlo.

Nadie denunció porque nadie quería ser acusado de islamófobo y racista, acosado por las ONG inquisitoriales de la corrección política y expuesto al terror de las mafias musulmanas de la región. La pequeña ciudad inglesa permitió así un infierno infinito para cada una de estas niñas por la misma razón por la que Europa permite su lento naufragio: el deplorable estado de nuestras defensas morales como sociedades pretendidamente libres. Ninguno de los condenados en Rotherham pidió perdón o mostró piedad por sus víctimas. Abandonaron la sala al grito de «Alahú Akbar» (Alá es grande), el dios que permite tratar a la mujer infiel como carne animal. El caso Rotherham podría ser una señal de alarma para todos. Para ayudar a Europa a despertar. Pero pasará inadvertido. El periodismo está dedicado a regocijarse con el crecepelo de Trump y buscar epítetos despectivos para su hijo.
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