LA TOLERANCIA INTOLERABLE

Por HERMANN TERTSCH
ABC  Martes, 04.10.16

Las elites tienden a una tolerancia peligrosa para quien la sufre. Peligrosa e intolerable

EN Dresde corrieron ayer las lágrimas durante la celebración del Día de la Unidad Alemana. Algunas invitadas a las solemnes ceremonias se echaron a llorar de miedo y angustia en la agónica travesía que sufrieron desde el templo de la Frauenkirche a la ópera de Semper. El cortejo oficial que hizo a pie el breve trayecto se vio flanqueado por una turba que gritaba con indignación y odio: «Fuera, fuera», «Merkel, largo de aquí», «traidores», «vergüenza». Había mucha gente ayer en las calles de Dresde que no había ido a celebrar sino a demostrar la muchísima loza de convivencia que se ha roto en Alemania. No respetaron ni a Angela Merkel ni al jefe del Estado, Joachim Gauck. El domingo abuchearon al alcalde de la ciudad por invitar a musulmanes a la fiesta. Hace días atacaron al alcalde de un pueblo cercano porque quería acoger a refugiados en una casa restaurada del pueblo. Los incendios en centros de refugiados proliferan. A los bomberos se les impide el paso. Siempre hay gente aplaudiendo las llamas.
El centro de Dresde fue mucho tiempo paisaje de ruinas por las bombas británicas del 13 de febrero de 1945 sobre una Alemania ya vencida. Bombas incendiarias lanzadas por el odio británico desencadenado por los alemanes en Coventry o Londres cinco años y millones de muertos antes. Ayer odiaba allí gente que no odiaba hace unos años. ¿Se han vuelto locos? ¿Habrá alguien responsable? Merkel no se hacía esta pregunta ayer. Con esa manida coletilla de «vamos solucionando las cosas» y una frase displicente hacia «los intolerantes», daba por zanjado el asunto. Así las cosas, cada vez serán más. Porque allí estaba la extrema derecha que tanto ha crecido y muchos alemanes que nunca han sido ultraderechistas pero no soportan ya esa arrogancia del nuevo despotismo ilustrado. De unos gobernantes que desprecian la intolerancia de los pobres y de quienes no son tan elegantemente indolentes como ellos. Quizás porque ellos no han de convivir en sus barrios con pobres de países remotos y compartir la escasez de vivienda, servicios, sanidad. Y sufrir la intolerancia del recién llegado y su acoso e imposición de formas ajenas y hostiles en los espacios públicos.

Horas antes comparecía en Budapest el principal adversario político de Merkel en Europa, Viktor Orban. Había convocado un referéndum para pedir a los húngaros que no acepten cuotas de refugiados. Y aunque la participación no llegó al 50 por ciento, anunció que cambia la constitución para anclar en ella el veto a dichas cuotas. Orban es tachado de ultraderechista despreciable por los medios europeos biempensantes. Generador de odio, dicen, intolerante. Sin embargo, en Hungría no hay incendios ni acosan ni agreden a los alcaldes ni atacan a las autoridades en ceremonias de fiestas nacionales. Y ese baremo tan fiable como es la presencia judía para medir tolerancia y seguridad también revela que en la demonizada Hungría cada vez viven más judíos, mientras de la tolerante Francia huyen amenazados. Pero la prensa alemana y francesa está empeñada en que Hungría tenga los mismos problemas que Alemania y Francia. Orban se niega y no se le perdona. Como no se quiere perdonar a los británicos que decidieran el Brexit. Es más fácil insultar que ver qué sucede en Europa para que cada vez menos se fíen de los ilustrados gobernantes. Como muchos no querían ayer perdonar a los colombianos su maravilloso heroísmo, ejemplo de dignidad y sentido de la justicia. Ese que les ha llevado al glorioso corte de mangas a los ilustrados amorales de todo el mundo que querían imponerles la tolerancia con el mal que es la impunidad del crimen de la narcomafia izquierdista latinoamericana. Las elites tienden a una tolerancia peligrosa para quien la sufre. Peligrosa e intolerable.
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