GANAN LA HABANA Y SU DAMA BLANCA

Por HERMANN TERTSCH
ABC  Domingo, 28.08.16

Los dos ancianos de La Habana ven cumplido un empeño de toda la vida: poner a Colombia de rodillas

Son las FARC una organización terrorista comunista considerada como la banda narcotraficante más grande del mundo. Tiene contactos con la mayoría de los cárteles de la droga de toda América. Produce, gestiona y transporta un alto porcentaje de la pasta de coca y cocaína que se trafica, vende y consume en Estados Unidos y en Europa. Es responsable además de una guerra contra la democracia colombiana que dura más de medio siglo y que se ha cobrado centenares de miles de vidas. Sus inicios son los de otras guerrillas del subcontinente. Respondían a la lógica de la Guerra Fría como instrumento de la URSS y sus satélites europeos en su intento de repetir el gran éxito de Cuba en 1959. Desde allí, consolidado el régimen castrista, se organizaron, entrenaron, financiaron y dirigieron guerrillas terroristas en prácticamente todos los países de la región. Las oleadas de terror dieron al traste con los regímenes frágiles y trajeron nuevas dictaduras militares. Salvo en Colombia, donde tras décadas convulsas, la democracia aguantó. Con admirable tesón y valentía, con inaudito vigor y con inmenso sufrimiento por la barbarie de unos terroristas que eran jaleados como «guerrilla libertadora» por la izquierda latinoamericana y europea.
Colombia tuvo la desgracia de la explosión del consumo de cocaína en el mundo occidental que disparó el volumen de dinero y el poder del comercio ilegal. La guerrilla comunista y las redes de narcotráfico entraban así en simbiosis y la dama blanca, la droga capitalista, la cocaína, pasaba a ser la fuente inagotable de dinero en efectivo para comprar armas, poder y almas. Ahí estaban los ingresos clave para los grandes planes, no ya para los terroristas, sino para sus mentores en Cuba, ya antes de que se disolviera la URSS.
Con la cocaína se compraron voluntades en los aparatos del Estado en toda la región y fuera de ella, en organismos internacionales y en un inmenso y complejo entramado dedicado al lavado del dinero en todo el mundo. Políticos, financieros, empresarios,
funcionarios de decenas de países integran una red cuyo control general solo tiene La Habana. Ya en 1989 tuvo que pagar con su vida el general Arnaldo Ochoa los cálculos de Castro en la expansión del gran negociado de la plataforma mundial de la cocaína en el Caribe. Quince años después, bajo la bandera ideológica del Foro de São Paulo, la sonrisa de Hugo Chávez, una decena de gobiernos, el petróleo de Pedevesa, el socialismo del siglo XXI y siempre bajo el mando de los viejos Castro y el G2 en La Habana, era de los negocios más activos, lucrativos, solventes, poderosos y dinámicos del planeta.
Con la Venezuela de Hugo Chávez ya convertida en plataforma continental de la Cuba castrista y con la dependencia del narcotráfico de los aparatos de estos regímenes, las FARC, con el control de materia prima y producción han logrado sobrevivir cómodamente a sus desastres militares bajo Pastrana y Uribe. ¿Por qué? Porque son la fuente imprescindible de negocio para un colosal entramado que paga en salones y venerables organizaciones en todo el mundo. Las FARC están a punto de lograr el sueño de Pablo Escobar: comprar Colombia y la voluntad de su pueblo. Lo logrará el 2 de octubre si no lo impide el votante colombiano. Con su cocaína y su terror han logrado –con sospechosa facilidad– convencer a los actuales gobernantes de que es mejor aceptar el fin del estado de Derecho, la plena impunidad para los asesinatos y negocios criminales de las FARC, la posibilidad de acoso penal a quienes defendieron al Estado y privilegios para los terroristas en la sociedad y el poder como la insólita garantía de representación parlamentaria incluso sin votos. Todo ello se entrega a las FARC a cambio de la promesa de no matar más. Sería mucho peor que se les obligara a volver a matar a inocentes, se viene a decir. Esta rendición se escenifica en La Habana, centro del mundo narcopolítico. Terrible es esta claudicación de una orgullosa democracia combativa ante la amenaza del facineroso. Pero peor, propio de las fiebres de nuestro tiempo, son los aplausos que llegan de Obama o Merkel, de la UE, del Papa o la OEA. Son aplausos al crimen triunfante. Los que más ríen, los dos ancianos de La Habana que ven cumplido un empeño de toda la vida que parecía imposible: poner a Colombia de rodillas.
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