FIN DE LA DOCTRINA DE LA MALA CONCIENCIA

Por HERMANN TERTSCH
ABC  Martes, 06.09.16

Cada vez son más los que llegan ya convencidos de que se les debe todo

LA humillación sufrida por Angela Merkel el domingo en su propio feudo electoral, Mecklenburgo-Antepomerania, es un anuncio más de las profundas transformaciones y convulsiones a las que nos enfrentamos y no solo en Alemania. De cara al año 2017 con elecciones legislativas en Francia y en Alemania, crece ya sin cesar en toda Europa un movimiento general de resistencia a las políticas de inmigración y a unas consecuencias de la globalización que los partidos tradicionales parecen haber asumido como deseables o al menos inevitables. Lo que amplios sectores de las sociedades nacionales ya no admiten. Con el Brexit del Reino Unido se produjo por primera vez un triunfo en las urnas de esa resistencia a la resignación a esa supuesta inevitabilidad de las sociedades multiculturales europeas, gobernadas por un centro de poder sin relación con las inquietudes nacionales.
El 2 de octubre los húngaros decidirán en referéndum prohibir a cualquier gobierno húngaro aceptar cuotas de inmigrantes impuestas por la UE. Son cada vez más países los que adoptan posturas claras de rechazo a una política de inmigración que hasta poco más de un año era incuestionable. Crecen las fuerzas que cuestionan el dogma de la cultura política socialdemócrata desde la posguerra de que los problemas de conflictos del mundo y los de Europa tienen una solución común de mutuo beneficio. Que está en la migración permanente, sistemática e imparable desde todas estas regiones hacia el viejo continente. Así, el viejo continente se beneficia de la savia nueva dada su agonía demográfica, enmienda con la permanente acogida sus culpas coloniales y permite al mismo tiempo que se borren sus características nacionales, sospechosas de estar entre las causas de sus pecados del pasado que ahora debe compensar. Con esta doctrina de la mala conciencia asumido por la izquierda europea, la doctrina oficial y las masas de inmigrantes, resulta cada vez más quimérica la integración en hábitos, costumbres y respeto a las leyes de las sociedades de acogida. Cada vez son más los que llegan ya convencidos de que se les debe todo. Aquí les convencen de que, aunque se les dé todo, se les seguirá debiendo todo siempre.
Pero ya falla el factor de la culpabilidad europea tan necesario para que las sociedades acepten con resignación como supuesto acto de justicia esta puesta a disposición de todo recién llegado su propio territorio y sus recursos. Hasta en Alemania, donde el factor culpa es por obvias razones más poderoso que en ninguna otra parte. La canciller paga la factura de una sociedad alemana cada vez más asustada e insegura, pero con voces cada vez más decididas a articular una respuesta radicalmente distinta en política, en actitud y en filosofía.

Ha sido una bofetada de dimensiones y consecuencias históricas que rompe el tabú, poco menos que sagrado de la República Federal surgida de las cenizas de la Alemania nazi, que exigía a la CDU que jamás permitiera un partido a su derecha. Todos los partidos ultraderechistas o neonazis fueron grupos marginales y efímeros. Hoy, hasta los medios alemanes –casi sin excepción militantes de la corrección política– reconocen que el derechista AfD que ha superado a la CDU el domingo y ya está presente en nueve parlamentos está consumando su desarrollo hacia un partido de masas. Que no es nazi y al que ya resulta contraproducente difamar como tal. Responde no solo a miedos legítimos que son instinto de supervivencia, sino a una libertad de pensamiento que permite razonar mejor que a los partidos tradicionales, prisioneros de sus dogmas surgidos de complejos y traumas europeos y de una mala conciencia injustificada y abiertamente suicida. Si los partidos tradicionales no dejan de negar la realidad y toman conciencia pronto, puede que estén ya en tiempo de descuento.
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