ORFEBRES DE LA MENTIRA

Por HERMANN TERTSCH
ABC  Martes, 19.07.16

España ha sufrido una grave regresión en la madurez y sofisticación de su criterio sobre la guerra de los abuelos

EL 18 de julio, 80 aniversario de la sublevación contra el Gobierno de la República, detonante de 32 meses de guerra civil, aquella tragedia con tantísimos culpables, es siempre buena fecha para reflexionar sobre los españoles. No ya sobre los de entonces, sobre los de ahora. Que se definen mucho por lo que saben, creen o piensan de los de entonces. Y hay que decir con tanta claridad como preocupación que España ha sufrido una grave regresión en la madurez, honradez y sofisticación de su criterio sobre la guerra de los abuelos. Hasta hace veinte años, una mayoría amplia considerábamos la guerra como una tragedia común, y a sus muertos de ambos bandos, como caídos españoles que merecían respeto y luto. Millones de españoles hemos vivido con razonable orgullo ese respeto, por los esfuerzos de comprensión mutua, gestos de generosidad entre enemigos de antaño, actos colectivos con grandeza, que los hubo, y nos redimían de años de encono y vilezas y del inmenso fracaso colectivo de tres años de muerte por la incapacidad de convivir. Nunca habían vuelto a tener las diferencias políticas esa carga de odio que hace imposibles las relaciones humanas. Hasta ahora. Hoy una frase que habría pasado hace décadas por aséptica, como que la guerra fue culpa de ambos bandos, actúa en las redes sociales como una descarga sobre cerebros que reaccionan con una andanada de odio. Y más alusiones a matar al fascista que en pleno asalto al Cuartel de la Montaña.
Las posiciones más radicales de la extrema izquierda que los comunistas descalificaban y ridiculizaban hace 35 años son hoy defendidas por socialistas. La visión de la II República y de la guerra que domina en las redes y los medios es una caricatura grotesca de buenos y malos, propia de una arenga de trinchera. Idealizan una democracia donde no había rastro de ella y se inventan un régimen franquista cuasinazi hasta 1975 que no existió ni en la posguerra. No saben que en España chocaron dos ideologías redentoras, dictatoriales, que no dejaban espacio a nadie más. Es difícil entender cómo generaciones con tantos medios han sufrido un proceso de embrutecimiento político que las despoja del matiz, de la duda, de la curiosidad y el afán de conocimiento. Aunque sabemos que desde hace mucho trabajan en esta dirección el sistema educativo y medios periodísticos y culturales. Sabemos de la anomalía que suponen dos televisiones de propaganda de extrema izquierda, propiedad de sendos grupos con la concesión de un duopolio que, con complicidad del Gobierno, monopoliza el mercado publicitario. También en sus otras cadenas supuestamente más inocentes es permanente el goteo ideológico en series, documentales, concursos e informativos. Algunos no saben que el siniestro concejal de Madrid Guillermo Zapata escribía guiones para series, entre otras para «Hospital Central». Y que talleres para esta orfebrería ideológica del adoctrinamiento están en Cuba. No es casualidad ni moda, por tanto, sino fruto de un largo trabajo que culminó en razón de Estado con el principal responsable del revanchismo y la nueva era del odio que es Rodríguez Zapatero. Javier Pradera solía decirme, aludiendo a nuestra común, remota y breve militancia comunista: «Qué suerte, Hermann, que no ganaran los nuestros». Él se refería a la Transición. Pero es aplicable al final de la gran tragedia. Trágico es que los orfebres de la mentira sobre el pasado no tengan en España a nadie enfrente. No hay nadie que desenmascare este nuevo secuestro de jóvenes generaciones para la misma aventura criminal que precipitó aquella tragedia. Como nadie les hace frente, en este mundo tan líquido e inseguro, tan proclive hoy a la trágica sorpresa, nadie se sorprenda si van y ganan de repente.
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