LOS ENEMIGOS ÍNTIMOS

 Por HERMANN TERTSCH
  ABC  Viernes, 06.11.15

En ningún país de Europa se tolerarían partidos cuyos objetivos son destruir el Estado. Aquí los financiamos

LO habitual en el hombre moderno es tener unos pocos amigos que, con fortuna, no cambian a lo largo de la vida. Son los amigos íntimos, permanentes. Mientras que los enemigos personales suelen cambiar, según circunstancias. Al Estado le pasa al revés. Los amigos pueden y deben cambiar por las circunstancias. Porque son definidos por los intereses nacionales. Los enemigos, si son otros estados, pueden también cambiar según se mueve la historia. Pero hay determinados enemigos invariables. Son como los amigos íntimos de las personas, los enemigos íntimos del Estado que jamás cambian. Lo que todo estado, con su lógica y esencial vocación de permanencia, tiene que combatir de forma implacable. Son los enemigos que cuestionan el carácter, la esencia, la integridad y la razón misma del Estado. Con ellos no hay pacto posible. Porque su razón de ser es la desaparición de ese Estado. Tolerar o fomentar a ese enemigo equivale a la sentencia de muerte para el Estado, sea férrea dictadura, impecable democracia o satrapía tribal. Una dictadura comunista no puede tolerar un líder con escrúpulos para usar la fuerza. Si no quiere dejar de existir. La URSS no tenía voluntad de subsistir ya en 1989. Permitió que Mihail Gorbachov tolerara a los enemigos de la URSS en sus satélites esclavizados. Dos años después era historia. China en aquel mismo año tenía firme voluntad de permanencia y no dudó en organizar en Tiananmen la sangrienta ceremonia que la reafirmaba. Hoy, 25 años después, la solidez de la colosal dictadura sigue intacta. La dictadura chilena se autodisolvió con un referéndum organizado por el propio dictador cuando se habían cumplido quince años desde el golpe. Pinochet consultó a los chilenos si debía continuar otros ocho años. Se le dijo que no y se fue. La dictadura castrista en Cuba va a cumplir sesenta años y los dos sátrapas no tienen intención de someter a consulta su permanencia. Quienes cuestionan su dictadura son aplastados sin piedad.

En las democracias pasa lo mismo. Las que no combatan a sus enemigos íntimos están cavando su tumba. España sabe hoy mucho de eso. Cabalgando hábilmente sobre una terrible tragedia inexplicada llegó al poder un presidente del Gobierno que cuestionó la nación de la que emana el Estado. Y cultivó a todo enemigo que este Estado tuviera. Trató como amigos a los terroristas que mataban españoles y como aliados a todas las fuerzas decididas a destruir España y romperla en muchos estados, reprimir su lengua, aplastar la verdad y manipular la historia. Aquel presidente abrió, con su llamada de rencor a la revancha, una herida apenas cicatrizada de una terrible guerra entre españoles. Instauró generadores de odio en las aulas y las televisiones y el discurso oficial del resentimiento para que la herida fuera cada vez más grande, pestilente y supurante. Ninguna institución quedó indemne del daño inabarcable del Atila de León. Todas las debilidades de nuestra democracia se multiplicaron. Hoy sabemos que en el puesto de jefe máximo de las Fuerzas Armadas puso a un enemigo de la Monarquía, del Estado y de la Democracia. El interesado lo negará, pero con los enemigos está y se excluye una súbita caída en la Puerta de Damasco. Nuestra seguridad y nuestra información más sensible han estado en las manos de quien ahora se revela como socio de quienes han sido y quizás aún sean empleados de un régimen narcocomunista, encargados asalariados de su franquicia política e ideológica. En ningún país de Europa se tolerarían partidos cuyos objetivos son destruir el Estado. Aquí los fomentamos y financiamos. No podemos, por tanto, extrañarnos de que el enemigo íntimo logre penetrar el Estado no solo por las cloacas, sino por los puestos de mando.

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