DÍAS DE IRA

Por HERMANN TERTSCH
   ABC  Viernes, 24.04.15

La desconfianza, la acritud y la mala fe se han instalado en la vida cotidiana, como nunca habíamos visto la mayoría

HE escrito un libro con ese título para una historia de grandes ilusiones y tremendas frustraciones. Es un libro breve sobre este desgraciado comienzo del siglo XXI en España. Sobre las razones de tanto error y las esperanzas de que logremos enderezar el rumbo y no sucumbir una vez más en el caos y el fracaso histórico. Algo que había crecido con lentitud, con paciencia de todos y esfuerzo común desde los mismos duros años de la posguerra, quebró en la sociedad española allá en el 2004. Desde entonces nada ha vuelto a los cauces de convivencia que creímos haber encontrado definitivamente después de la dictadura. Fue el retorno de la llamada de las banderías. La irrupción del clamor de la revancha, de la rabia justiciera. Y al final de diez años devastadores para España, cuando algunos pretendían que optábamos a la normalidad recobrada, se ve surgir el peligro de que todo lo recién pasado podría ser tan solo el comienzo de un largo túnel de final desconocido.
En solo un año ha quedado claro que, por mucho que pudieran mejorar algunos datos económicos, por mucho que crezca la economía, no hay retorno a aquella aparente senda del desarrollo hacia la normalidad europea que abandonamos hace once años. España es otra. Y de repente, en un mundo sin anclajes, donde todo está en movimiento, todo parece ya líquido, desde los electorados a las expectativas, desde el pensamiento mismo a las menguantes certezas, lealtades o esperanzas, los españoles se encuentran en un año en el que saben que han de suceder muchas cosas. Y algunas pueden tener dramática trascendencia para lo que han de ser España y Europa en este próximo medio siglo. Cuarenta años después de una guerra civil, los españoles decidimos, unidos como nunca, no tener otra. Fue una sabia decisión que nos hizo mejores y fuimos aplaudidos por ella. Hoy, cuando han vuelto a pasar cuarenta años, estamos de nuevo ante similar dilema. Recobramos la confianza en la unidad y la ley o en lucha sin cuartel hasta que haya vencedor. Más de dos lustros de discordia y reveses han envenenado la sociedad.
La desconfianza, la acritud y la mala fe se han instalado en la vida cotidiana, como nunca habíamos visto la mayoría los hoy vivos. Truenan los llamamientos a la destrucción purificadora, a la revancha y la venganza. Surgen con pujanza fuerzas que se dicen justicieras y redentoras. Unas claman por los pobres y maltratados, otras por tribus viejas o naciones inventadas. Enfrente se encuentran a un Estado cuestionado y asediado y a una sociedad confusa. Con un orden legal que se atasca y lealtades y disciplina olvidadas. Nadie aporta la firmeza en la defensa de unas leyes y una razón cada vez más desprestigiadas. Tanto por sus enemigos como por sus supuestos garantes. Estamos en un momento de enormes y trascendentales decisiones. Y es muy difícil tomarlas cuando, en vez de razón y criterio, todo lo que se hace notar es agravio. Es el fin de una era y el principio de otra. Y hay que estar extraordinariamente alerta. Nadie puede estar seguro de que la nueva era vaya a ser mejor que la vieja. Y todos deben ser conscientes de que los errores pueden hundir a una sociedad en un infierno para varias generaciones.

Ahora todo es confusión, y todas las seguridades, falsas. Es imposible adivinar cómo y qué seremos, tendremos y haremos dentro de muy poco. Se ha hundido una realidad y aún no la ha sucedido otra. Y habrá que dar los primeros pasos de exploración por lo desconocido en el peor momento posible, en la hora de la rabia, en estos «días de ira».

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