SOBRE LA PESTE MODERNA

Por HERMANN TERTSCH
  ABC  11.08.07

Ignatieff, Glucksmann, Enzensberger y Ackerman son algunos de los autores de han estudiado el terrorismo, un fenómeno que ha obligado a cambiar los hábitos del planeta.

Como uno de los fenómenos más comunes del alegre faldicortismo de la posmodernidad es la afición desbocada por la profanación del sentido de las palabras y los contenidos de los conceptos, cada vez resulta más difícil acotar significados. No tiene por ello que extrañar que uno de los términos más actuales, «terrorismo» -que raro es el día no esté presente en las mentes de los individuos en la sociedad moderna-, carezca de definición clara, por mucho que los ciudadanos tengan perfectamente claro de qué hablan cuando lo utilizan. Pese a los esfuerzos habidos por buscar una fórmula de consenso que explique esta peste de nuestra era moderna, casi todos los Estados tienen una definición distinta -y mutante con los gobiernos y las ideologías en el poder- y se da la curiosa paradoja que, en EE.UU., país donde la movilización contra el terror alcanzó unas intensidades frenéticas tras los atentados del 11-S, aún existen diferencias de definición incluso entre organismos federales. Y las definiciones, cuando las hay, no son felices. Richard R. Baxter, que fuera juez de la Corte Internacional de Justicia, decía que «tenemos motivos para lamentar que se nos impusiera un concepto legal. El término es impreciso; es ambiguo y ante todo no sirve para ningún propósito legal».
Moda política
Pero, como es lógico, es en la política donde más se manipula y pervierte el vocablo. Más allá de los usos necios del término aplicado a otros campos, que viene a ser moda de mucho político pedestre europeo y que cristaliza en sandeces como terrorismo «ecológico», «urbanístico», «sexista», «cultural», «de género» o «colonial», existe el abuso malintencionado de quienes lo usan simplemente para atacar a sus adversarios. Los terroristas que se autocalifican como guerrilleros, liberadores o mártires tachan de terroristas a los Estados que atacan, y diversos Estados llevan décadas bombardeándose con este término como insulto.
En nuestro país ha sido realmente terrorífico -que no terrorista- el proceso degenerativo del uso del vocablo, cuando somos uno de los países del mundo más versados en este desdichado fenómeno. El izquierdismo carpetovetónico más deslenguado siempre ha utilizado la palabra terrorista para hablar de las acciones militares de Israel o de EE.UU., también bajo el ahora santificado Bill Clinton; acordémonos del coro que tachaba de terrorista la intervención que impidió a Slobodan Milosevic que consumara el genocidio ya en marcha. Con la llegada a la cúpula del PSOE del gran maestro del vacío conceptual y la profanación semántica que es Zapatero, esta costumbre torticera se extendió. Así, con la intensificación del legítimo y loable movimiento contra la guerra de Irak comenzó aquí a proliferar el uso del término «terrorista» en referencia a Bush y Aznar, y el de «resistencia» para quienes cometían en Irak actos de claro signo terrorista con el resultado acumulado de decenas de miles de muertos civiles. Pero también la Iglesia católica, y muy especialmente en el País Vasco, tiene muchos problemas para distinguir violencia del uso legítimo del monopolio de la violencia que ha de tener un Estado de Derecho.
Lo uno y lo contrario
El siguiente paso en la pirueta semántica nacional fue la desaparición del término «terrorismo» del léxico del presidente Zapatero en relación con las actividades de la banda terrorista ETA. Pese a su continuo alarde de desenfado en el uso de las palabras -que deben estar, como dijo, al servicio de la política-, que le lleva a utilizarlas para decir lo uno y lo contrario, debió decidir que como bajo él iba a dejar de existir el terrorismo, iba a «adelantar el futuro», como señaló hace unos días en referencia a otra cuestión, y abolía el término. Nos habría defraudado nuestro presidente si se hubiera dejado enmendar por la realidad del rearme, de los zulos, las cartas amenazantes, las bombas y los tres muertos. Esta ocultación por parte del presidente no ha tenido el éxito prolongado de otras y hoy las encuestas revelan que el terrorismo es, con el problema de la vivienda, su máxima preocupación.
La fragilidad del vocablo, no ya en el abuso político, sino en la percepción pública, puede deducirse de esfuerzos honestos de aproximación al fenómeno desde la literatura, el análisis o el cine. La película Múnich, de Steven Spielberg, es un caso muy destacable pero también controvertido, como no podía ser de otra forma. Probablemente no se haya escrito de nada tanto en los últimos diez años como de esta peste de la modernidad que ha obligado a todo el planeta a cambiar de hábitos, a acostumbrarse a ese miedo comparable al terror a la pandemia en la antigüedad o el medioevo. El terrorismo, que en Europa ya solo tenía el remanente siniestro de ETA, ha entrado definitivamente en las vidas de la ciudadanía mundial de la mano del islamismo radical.
La literatura surgida del miedo a este fenómeno, que precisamente por miedo todo parece cambiarlo, intenta explicar la naturaleza del terrorismo, la identidad y la motivación del terrorista, los efectos del fenómeno sobre la sociedad y el Estado de Derecho y el drama de las víctimas. Casi todos los intelectuales han tenido que ocuparse de este fenónemo desde un ángulo u otro. Michael Ignatieff y André Glucksmann recorren en sus respectivos libros, El mal menor y Dostoievski en Manhattan, la historia moderna del terrorismo desde sus inicios en el nihilismo de la Rusia zarista hasta el terrible comienzo del siglo XXI, con las bombas de Nueva York, Madrid, Bali, Londres y el anquilosamiento de un terrorismo cotidiano en las luchas sectarias de Irak.
El alma del suicida
Hans Magnus Enzensberger bucea con El perdedor radical en el alma del terrorista suicida, y otros estudian y advierten sobre los peligros que surgen de la reacción de autodefensa de los Estados, que podría llevar al desmantelamiento de las estructuras democráticas que se quiere preservar. Es el caso del profesor norteamericano Bruce Ackerman con Antes de que nos ataquen de nuevo, cuyos análisis se basan por lo general en la reacción de la Administración de George Bush a los ataques del 11-M y su batería de medidas antiterroristas, desde las leyes especiales a las reglas de Guantánamo, que han sido en gran medida contraproducentes, y algunas, además, moralmente condenables.

En general, parece existir un vago acuerdo entre los demócratas -siempre en peligro de romperse en crisis concretas- en que al terror hay que responderle con la fuerza, contundente y decidida, comedida y proporcionada, que preserve el poder moral, que es la mejor arma de la democracia. Casi todos los demócratas parecen haber llegado ya, en esta segunda fase de la guerra del terrorismo, mucho más despiadada que la habida en la posguerra del siglo XX, a la firme conclusión de que toda negociación bajo la amenaza terrorista eleva a la fuerza terrorista a interlocutor legitimado, con lo que el terrorismo ha conquistado su primera victoria: marcar la agenda del Estado, lo que equivale a quebrar la voluntad del Estado.

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