MEMORIA DE GRATITUD

Por HERMANN TERTSCH
ABC Martes, 25.03.14

Esta España en postración ha sabido encontrar decencia y dignidad para este último homenaje a un hombre con vocación y ambición de servicio

AL final ha sido bueno para todos la decisión de Adolfo Suárez Illana de anunciar la muerte de su padre con dos días de antelación. Que nos había parecido muy arriesgada. Temerosos de que la agonía pudiera prolongarse. Sin saber que, como ayer me explicaron, en la fase terminal de esta enfermedad los tiempos están acotados. Ahora, después de estos días de despedida, podemos constatar que sí ha habido dignidad oficial a la hora de la despedida del primer presidente de Gobierno de la Democracia y Monarquía Constitucional. Lo decimos con legítima satisfacción, pero sobre todo con alivio, dados los tiempos tan convulsos en que vivimos, en los que a veces parece que la fatalidad está encaprichada con España. Decidida a demostrar que estamos condenados a no volver a tener aquella constelación amable que, en el tiempo estelar de Adolfo Suarez, nos dio al hombre idóneo en el momento adecuado. Hoy, maltratados y dolidos, damos ya gracias por no tener constelaciones malditas como aquella que nos dio una lluvia de muertos en los andenes de una España preelectoral. Que nos impuso una trágica involución hacia los abismos del despecho y del odio sectario. La obra de Adolfo Suarez, de la reconciliación, de la transición hacia la cura de las heridas de nuestra tragedia nacional, quedaba interrumpida y rota por un tardío y nefasto adalid de una bandería. Entonces se conjuraron contra España toda suerte de maldiciones. Y se fueron cumpliendo: la etarra con su rodillo social racista, la separatista catalana, la revanchista republicana, la indolente y cínica de la corrupción, del oportunismo, del pensamiento débil y sumiso. Y el veneno violento que tanto salpicó las calles de Madrid hasta en vísperas de esta muerte.
Pese a todo, esta España en postración de permanente medianía ha sabido encontrar decencia y dignidad para este último homenaje a un hombre con vocación y ambición de servicio. A un español no educado para la democracia, pero sí para el bien y la decencia y el coraje, que estuvo a la altura de las circunstancias. Que entró en las tierras ignotas de la democracia por el compromiso con el bien de su patria, de su nación nunca cuestionable ni cuestionada, España. Claro que no hemos sido capaces de escenificar el homenaje que otras naciones tributan a sus héroes. Otros habrían llevado al presidente al Congreso en un armón de artillería con ocho caballos. Hoy al menos parece que sí podrá aplaudirse al féretro en un trayecto por el paseo del Prado. Aquí se le tiene miedo a evocaciones indeseadas o sepa Judas a qué. Han sido, una vez más, los Reyes de España quienes han conferido una sobria dignidad oficial, una solemnidad puntual al homenaje de la nación a uno de sus más ilustres, honorables y eficaces servidores del siglo XX. Con la serena rotundidad de un Rey que, aun viejo, abatido y torpe en el andar, llena él solo la capilla ardiente en el Palacio de las Cortes. Se ha escrito ya todo estos días sobre la persona Adolfo Suárez y su circunstancia. Se ha escrito lo mejor y lo peor. Con la nobleza y la gratitud que merece. Con la mezquindad y la vileza sectaria, que en España se suministran a espuertas. Muchos han escrito de Suárez y se han descrito ellos. Algunos han quedado en la emoción anecdótica o el torpe halago. Otros han escrito preciosas elegías amistosas. Allá nosotros y lo que hagamos con lo que nos deja. Él se ha elevado ya, olvidado su largo olvido, con su amor a la patria, su valor y su grandeza, a la honra definitiva en la memoria de la España agradecida.
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