LA SANGRE DE LOS FRACASOS

Por HERMANN TERTSCH
ABC Viernes, 21.02.14

Ambos países están en plena deriva hacia el Estado fracasado porque los regímenes cerrados y corruptos han sido incapaces de regenerarse y asumir los retos del siglo XXI

ESTAMOS ya en el escenario que todos temían, pero con el que todos han jugado para conseguir sus fines. Cuando los muertos comienzan ya a contarse por decenas queda claro que los engaños y las añagazas habidas hasta ahora tocan a su fin. La sangre de estos días cambia drásticamente la situación. Lo dicho puede aplicarse igual a Ucrania y a Venezuela, dos países a los que separan miles de kilómetros pero unen en este momento los hilos del drama y el dolor. Y también algunas características muy definidas de sus respectivas tragedias. En ambos países, unos regímenes corruptos y contrarios a la sociedad abierta luchan por su supervivencia y contra su propio fracaso. Y contra una población que, desesperada, tiene ya más rabia que miedo y que no acaba de articular una oposición unida.

En ambos países, en el Caribe y junto al Dnepr, las sociedades están profundamente divididas y enfrentadas. Ambas naciones barajan entre las opciones de la revolución democrática, la involución autoritaria y represiva y una guerra civil de incierto final. En Venezuela como en Ucrania el origen del conflicto está en ese fracaso de los regímenes a la hora de satisfacer las crecientes expectativas de sociedades cada vez más informadas y articuladas. El hundimiento en Venezuela tiene mucho que ver con la propia ineptitud del aparato dirigido por Nicolás Maduro. Está dirigido por un país vecino, Cuba, que despliega todo su know how de la represión, intoxicación y gestión dictatorial. El caos en Ucrania llegó cuando el presidente decidió romper su proceso de acercamiento a Europa y dejarse «convencer» por los firmes argumentos de un país vecino también, Rusia, cuya presencia histórica es masiva.


Está claro que Viktor Yanukóvich ya no es el presidente de Ucrania, sino el líder de una de las partes combatientes. Todo lo que suceda de aquí a las próximas elecciones presidenciales y parlamentarias se harán ya sin un poder legítimo en Kiev. Lo cierto es que según pasan las horas más fuerza toma la opción de una intervención militar. Se dan los requisitos. Pero plantea serios problemas. No está claro que más allá del orden de las bayonetas decretado por un estado de sitio, un régimen tutelado por el ejército pudiera restablecer cierto tipo de normalidad. Y ahí está la guerra fría segura con Europa y EE.UU.


En Venezuela es evidente que los sueños de Maduro de estabilizar el régimen chavista están abocados al fracaso. Y que el aparato tendrá que plantearse una negociación para abrir el régimen a la participación real de la oposición o cumplir la amenaza de Maduro de aplastar por la fuerza a la oposición y establecer un régimen de socialismo de guerra. Los costes son evidentes. Y probablemente ni los cubanos, quienes nombraron y tutelan a Maduro, los quieran asumir.


Dos sociedades divididas entre las dos grandes opciones ideológicas. Ambos países están en plena deriva hacia el Estado fracasado porque los regímenes cerrados y corruptos han sido incapaces de regenerarse y asumir los retos del siglo XXI. Y tienen enfrente a los sectores más formados que exigen una reformas para adaptarse a las sociedades abiertas occidentales que, pese a todas las crisis, son capaces de conjugar reformas y libertad. Por eso es una inmensa falacia de nuestra progresía española esa comparación entre los antisistema en Estados de Derecho en Occidente y los opositores a aquellos regímenes. Porque, a grandes rasgos, los manifestantes de allí quieren Estados como los de aquí. Y los manifestantes de aquí, son los que tienen su referente, sus apoyos y sus camaradas en las dictaduras de allí.

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