LA RECONCILIACIÓN DEL MUNDO

Por HERMANN TERTSCH
ABC Viernes, 27.12.13

Es muy probable que ese niño aun viva. Quién sabe si recuerda el rostro del que le regaló los zapatos y de quien hizo la foto, quizás el mismo

ES una imagen que, sin saberse, se guarda muy dentro de la baqueteada maleta del recuerdo. Con estuche, como se guarda un broche o diadema. Se nota con gusto que es así cuando se evoca. Que sale del mejor rincón. De donde guardamos las joyas de la memoria. Las imágenes que al menos creemos indelebles. La del rostro de la madre. Las de momentos en que fuimos felices. Ver la fotografía alborozo. Recordarla produce ternura. No sé ya siquiera de dónde la saqué. Dónde la encontré de excursión por el espacio virtual. Solo sé y tampoco sé por qué que es una fotografía en blanco y negro tomada en la primavera de 1945 en las cercanías de Salzburgo. La vi, me impresionó y la guardé. No solo en el ordenador. Porque la recuerdo mucho desde que la encontré. En cualquier momento. Cuando pienso en la alegría de unos amigos o en la gratitud de alguien. O en la ingratitud, en abstracto o no. En la guerra o en el hambre, en Weimar o el general Patton, en mis sobrinos, en Putin y Jodorkovski, en Roma o la Piedad de Miguel Angel, la guerra en Siria o las víctimas de las inundaciones en Brasil. Ahí está la imagen de ese niño que ríe, llora y reza a un tiempo por su suerte. Muestra a un niño sentado en el más bajo de cuatro escalones de piedra. Viste un jersey oscuro de lana gorda, una chaqueta negra de fieltro tradicional en esta región austriaca, un viejo pantalón corto, unas medias de lana a medio caer y unos zapatos viejos, desgastados y sin tacón, con sendos rotos en las punteras, atados a duras penas con varios trozos de cordón raído. El corazón de la fotografía se halla justo encima de las blancas rodillas desnudas. A la altura del pecho, dos manitas sujetan dos flamantes zapatos nuevos. Y los aprieta contra el pecho. Como queriendo guardárselos dentro. Y la cara, alzada al cielo, en gratitud infinita. Con una sonrisa de placer y los ojos cerrados, para concentrarse y retener mejor el instante.
Tiene siete u ocho años, luego solo conoce la guerra. Tendría un año cuando Austria pasó a ser Imperio alemán en marzo de 1938. En Salzburgo las tropas de anexión fueron recibidos con vítores de entusiasmo. Seguro que también por los padres del niño. Tras seis años de destrucción, los Alpes, al sur de Salzburgo, serían con Berlín los últimos metros cuadrados en desaparecer de ese III Reich que iba a ser inmenso y eterno. Llegaron los americanos. Los zapatos que estruja al pecho el niño son los tradicionales de la región, con los cordones ladeados. Haferlschuhe se llaman. Sería raro que fueran regalo de las tropas ocupantes. A no ser que los hubieran encontrado en alguna zapatería bombardeada. Ellos distribuían al derrotado enemigo civil chocolate, chicles y cigarrillos. No esos zapatos austriacos duros y bien cosidos, quizás un poco grandes, con magníficos cordones de cuero que le caen al feliz pequeño propietario por la muñeca. Es muy probable que ese niño aun viva. Que sea un viejo austriaco de 75 años. Quién sabe si recuerda el rostro del que le regaló los zapatos y de quien hizo la foto, quizás el mismo. Del enviado que le trajo aquel regalo navideño en primavera tras años de miedo y violencia. El regalo a un niño, un gesto de reconciliación con la humanidad. Quizás no recuerde el rostro, pero seguro que sí la explosión de felicidad propia en el pecho y la gratitud al acto de bondad entre los hombres, a Dios y al mundo entero.


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