HISTORIA DE DOS SENTENCIAS

Por HERMANN TERTSCH
ABC Viernes, 15.11.13

Nadie cuestiona desde el Estado las demenciales secuencias a las que asistimos estos días y semanas
¡IMPUNIDAD intolerable!, clama indignada la izquierda desde el miércoles. «Una sentencia aviesa y amoral», se oye decir en las radios y televisiones a la izquierda española, a socialistas y comunistas, a verdirrojos y rojipardos, a perroflautas y asaltantes del Congreso, bufones proetarras, separatistas y demás tropa. Pero no se refieren a lo que nos hace a muchos estar desde hace días en permanente ida y vuelta entre la náusea y el dolor, y a muchos españoles víctimas del terror y la delicuencia, entre el vómito y el llanto. No piensan en las decenas de asesinos que salen estos días felices y sonrientes de las cárceles, sin reinserción, sin arrepentimiento, tras haber cumplido a veces apenas un año por asesinato o pocos meses por cada violación. Muy al contrario, ellos aplauden la salida a la calle de estos criminales que hoy se mezclan ya con la población indefensa y conmocionada. Como éxito postrero de Rodríguez Zapatero.
No dicen que sean amorales la sentencia de Estrasburgo ni la catarata de autos que, diligentes y obsequiosos, firman sin cesar los jueces por toda España estos días. En obediencia a un Tribunal de Estrasburgo que se ignoró siempre que convino. Decenas de sentencias de aquel Tribunal han sido acogidas en España a lo largo de décadas con parsimonia e indolencia, hasta ignorar algunas de ellas durante mucho tiempo. Pero ahora, ¡ay, cuánta diligencia en una justicia que habitualmente piensa en años o lustros cuando no décadas! Qué impresionante la urgencia, las ansias compulsivas de los jueces españoles por poner en libertad a los peores asesinos que están en las cárceles españolas, sin un minuto para un informe personalizado, sin un instante de reflexión o cuestionamiento del automatismo que lleva del recurso de la etarra a la puesta en libertad sin control alguno de gravísimos desequilibrados sexuales.
Nadie cuestiona desde el Estado las demenciales secuencias a las que asistimos estos días y semanas. Los jueces están aterrados con ser los últimos en poner en libertad a todos los que puedan. Los socialistas, responsables bajo Zapatero de este atentado contra la dignidad y la seguridad de los españoles, están felices de ver como se cumplen sus planes. El Gobierno y el PP dicen que ellos no han sido. Lo cual es cierto. Y que nada pudieron hacer para evitarlo. Lo cual es falso. No señores, si oyen a la izquierda gritar «¡impunidad!» piensa en el PP y si habla de «la sentencia amoral» es la que absuelve a los imputados en el proceso penal por el naufragio del Prestige. Mucha frustración y aspavientos mediáticos. Diez años después, tanta pasión y estupefacción tan poco verosímil. Porque el fallo es lógico. Pero no perdonan se les escamotee la victoria de esta sentencia. Igual que creen que Estrasburgo les da la razón histórica y quita así el estigma de la traición, lo creen falsamente,  piensan que la sentencia de La Coruña debía sancionar su operación de acoso y derribo a raíz de la tragedia. Que habrían de repetir después con el «No a la guerra». Y que culminaría en los días entre las bombas y las urnas en marzo de 2004. No ha obtenido satisfacción. Al contrario. En esta sentencia la izquierda española es declarada culpable de mentira, manipulación y agitación violenta. Su falta de honradez intelectual y su nula probidad democrática marcaron la entrada en la década que su perverso protagonismo convirtió en la más negra y desgraciada para España desde la guerra. Y condenó a esta izquierda a su actual crisis en el trágico dilema entre el extremismo y la nada.

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