LA SENTENCIA

Por HERMANN TERTSCH
ABC Viernes, 18.10.13

Las buenas intenciones, ese empedrado del infierno que tanto está haciendo por destruirnos la patria, la convivencia y el futuro
PUEDE ser la puntilla. De verdad. El texto de esta sentencia tiene todo lo necesario para serlo. Para que muchos manden a la mierda la esperanza. Para que pasada la indignación, la furia, entren en silencio con vocación de permanencia. Cierto, nadie va a pegarse un tiro. Porque eso no se estila. Nadie va a asaltar la Audiencia. Porque eso lo hacen, cuando se enfadan, quienes ahora se sienten satisfechos con lo que han leído en esas 57 páginas. Pero otros, muchos, habrán pensado que esta sentencia era la dosis de realidad nauseabunda que les faltaba para desentenderse de lo que en este país sucede, de lo que en España pasa. Y no estarán aquí si otros, encanallados por ideologías liberticidas asaltan y destruyen las instituciones. Algunos medios han dado estos días publicidad gratuita a un artistilla catalán que dice sentir asco por ser español. Aunque ese idiota lo dijera como burda ofensa, quizás no haya sentimiento más español en la actualidad. Asco, náusea y tristísima, abatida resignación a que las fuerzas que condenan a España a la trampa como a la mediocridad, a la división y a la falsedad como al resentimiento o la envidia, no nos dejen jamás construir aquí un país normal. Había parecido que por fin sí, estábamos en ello. Con todas las dificultades y los sempiternos traumas y cuitas nacionales. Pareció desde que hubo generosidad, conciencia, calidad y emoción suficientes de una inmensa mayoría de los españoles para juntos emprender en 1976 un camino. Y creímos que cumplíamos y construíamos un país moderno y libre, homologable a nuestros socios europeos, que tanto nos aplaudieron y tanto nos ayudaron en ello. Hasta marzo del 2004. La tragedia trajo la catástrofe. Y volvió la trampa y la miseria moral y el rencor. Y lo cubrió todo. La maldita trampa. No habrá pensado en ello en ningún momento el juez de la Audiencia Nacional responsable del escrito. No habrá habido ni un fugaz instante durante la redacción, en que el magistrado Félix Alfonso Guevara Marcos haya sentido pudor por el texto. Por las intenciones de las palabras. Pues si al escribirse no produjo pudor alguno, al leerse éste brota a mansalva. La trampa es tan obvia. Tan ofensiva en la procacidad de la exposición de sus intenciones. Donde nos dice que debemos aceptar excepciones en la ley. Y que no hay delito donde hay buenas intenciones. Las buenas intenciones, ese empedrado del infierno que tanto está haciendo por destruirnos la patria, la convivencia y el futuro.

Los malditos buenos sentimientos, tan enemigos de lo bueno. Aquel dechado de talante siempre impuso las buenas intenciones como mandoble y escudo frente a la razón, a la realidad y a la ley. Ayudó a asesinos porque creyó ayudarse a sí mismo. Su interés siempre lo tuvo por bien intencionado. La unidad y los últimos anclajes de la cohesión nacional los vendió con la misma naturalidad que las botellas del Faisán. Al enemigo. Contra la verdad siempre y contra la libertad por tanto. El inmenso poder corruptor de la alta traición se extendió como la peste continua del robo. La única esperanza de marcar un hito para marcar la apertura de un proyecto de regeneración, una ruptura con la resignación ante el delito y un renacer del compromiso de servicio al Estado, radica en la Justicia. Pero comprobamos que las togas están, no ya manchadas por el camino, sino cubiertas de inmundicia. En el corazón del Estado la miseria moral se erige en canon. Habrá que buscar el gesto liberador para rescatar las instituciones. Que pasa por vencer a esa sentencia. Si no, nos pudriremos en el lodazal de la mentira.

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